El correísmo existe. Se toparon con él muchos de los que han militado en organizaciones políticas y movimientos sociales durante décadas y creyeron que, con Rafael Correa, iban a construir un proyecto colectivo. Alberto Acosta es, por antonomasia, el militante típico de izquierda que todavía hoy no sale de su asombro. Por su doble condición –amigo de Rafael Correa y fundador desterrado de PAIS–, él es quien mejor ha referido el choque que causó ver cómo un programa colectivo se volvía, en sus palabras, un proyecto personal.
El ex presidente de la Asamblea Constituyente ha sido gráfico. En Montecristi decía que Correa creía haber aparecido como relámpago en cielo despejado. Con la inquietud bien administrada, fruto de sus lecturas orientales, Alberto Acosta describía así el dilema existencial que, desde un inicio, vivió la izquierda orgánica con el Presidente: saber que con él había llegado al poder, después de décadas de sueños frustrados. Y saber, al mismo tiempo, que Correa no se dejaría capturar por esa corriente.
En su metáfora, Acosta sintetizó el malestar de cierta izquierda que sintió que el candidato que ganó con sus votos y su ideario, hacía abstracción de ese acumulado histórico y creía que su triunfo era endosable únicamente a sus propios méritos.
Correa está repitiendo, con los matices debidos, lo ocurrido con Velasco Ibarra (1945-1947) con la izquierda y los liberales. Su pócima voluntarista “creed en mí”, se ha transformado en este gobierno en “confíen en mí”. El presidente Correa hizo expresamente ese pedido, la semana pasada en Guayaquil, para lanzar la campaña por el sí en la consulta.
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